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Recuerdos con aroma

Javier Brigabajo


La puerta gruesa de color verde se entreabrió lentamente, dejándome ver a su abuela en la cocina. El aroma a canela me invadió. Recordé el budín que solía hacer los domingos de visita la tía Eugenia y veloz como el viento de noviembre, mi pensamiento voló hasta los amigos de la infancia. La evocación se acompañó de un raro sentimiento muy parecido a la melancolía pero que, a la vez, me arrancaba una sonrisa. Ese esbozo,  se colgó de mi cara, a tal punto que la mirada de Luis me lo advirtió. “Ya vienen mis padres” susurró a mi oído. Lo amé. La canela y los recuerdos me habían embriagado. Eso, seguramente, facilitaría mi primer encuentro con la familia política.

2017






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Azul

Azul oscuro como el mar del Océano Pacífico, azul luminoso como el del cielo sin nubes de Traslasierra, azul tenue como el que enternece la mirada de mi abuela, azul, azul, Azul con mayúscula: tu nombre. ¿Será porque tus ojitos son azules, de un azul más intenso que el de la "nona" o se parecen, quizá a los de tu papá? Azul, tu nombre, porque cuando desperté de la cesárea, lo primero que vi fue el cielo azul, muy azul, por la ventana del hospital. Y aunque la soledad me abata y la pobreza me limite, aunque el amor me destroce el alma y enflaquezca mi cuerpo, nunca, nunca veré el negro de la fatalidad, siempre mi vida será azul, Azul.
2017







Tus ojos

Tus ojos
Tus ojos fueron lagos Donde reposar podía, Sin temor anunciado Mi fatal melancolía.
 2011


Álvaro

Sólo de lejos, con el lenguaje de la contemplación, la joven vestida de blanco lo había inspirado como ninguna otra, antes. Su figura celestial era permanente invitada de sus intranquilos sueños, motivados tal vez por el calor abrasador de la temporada estival. Así, las noches calurosas propiciaban las celebraciones bajo cualquier excusa, haciendo que se sucedieran cada vez más a menudo. 
La exposición de óleos bucólicos de María de las Mercedes lo obligaba a asistir, una vez más, en contra de su mancillada voluntad.

La mujer, presurosa y preocupada por la organización del evento, dejó la casa mucho antes que Álvaro, abriéndole el camino hacia su melancólica soledad, momentos en los que su pluma mejor se expresaba. Decidió volcar entonces en rimas, su apasionada admiración por la joven nívea. Se recogió en la bohardilla y escribió el poema más bello de su creación. Cuando lo leyó para sí, en voz alta, un frío extraño se apoderó de su alma y de su cuerpo. Claramente sintió palpitar su cor…